La ciudad de la Memoria (1era parte)

Todos ostentamos un paraíso perdido. Ese paraje donde los rostros, los seres y las cosas flotan, unos muertos y otros vivos. El espacio del olvido donde se acopia la epifanía de la infancia. Las calles y senderos donde se ubican las paredes del hogar de la lejanía.

La epifanía de este ser está anclado en la cuadrícula colonial de Caracas en una  casa de muchas habitaciones, dos patios, un corral con gallinas y  nidos  de  palomas. Nací de Amadores a Desbarrancados Nº 94 en la parroquia La Pastora. A media cuadra de donde fue atropellado y murió José Gregorio Hernández en 1929. Una vivienda edificada a finales de mil ochocientos. Una de las treinta y cinco propiedades de la Sucesión Calcaño en 1913. Mi padre fue conocido en la ciudad como don Pancho.


De su mano almacené las imágenes de unas calles estrechas con pocos vehículos, que siempre conducían a una plaza, a una iglesia y a un modesto cine de parroquia. La diversión cotidiana era ir a la misa y después a una plaza adyacente a la iglesia. En forma excepcional visitamos la jirafa del museo de Ciencias Naturales y el salón de dibujo del Parque Los Caobos. Una rutina anunciada con las mismas palabras: ¡Vístete, gorda, vamos a tomar fotografías!

 

Percibir el paisaje urbano caminando en la búsqueda de la imagen. El día finalizaba con el enclaustramiento por varias horas para revelar en blanco y negro las imágenes captadas horas antes. Repetir y repetir la misma imagen hasta lograr la perfección de la iglesia Catedral, la salida de un bautizo de la iglesia de La Pastora, el Palacio de las Academias o la vieja Ceiba de San Francisco. Una imagen inconfundible era el Panteón Nacional desde el puente El Guanábano, el lugar preferido de los suicidas de mi niñez. En las largas temporadas de vacaciones, las imágenes viraban hacia el boulevard y la plaza de las palomas de Macuto.


Cuando tenía unos trece años, don Pancho, la cámara de fotografía y yo fuimos implantados en un paisaje totalmente distinto. Para complacer a mi madre se compró la Quinta Rosel de la urbanización Las Palmas. La máxima aspiración de la familia caraqueña de la década de los cincuenta: ¡Una quinta y una urbanización recién construidas!

Los viejos muebles de la abuela, la sombrerera negra de hierro fundido con el escudo de la familia,  las palomas y las gallinas se quedaron en la casa de Amadores. La Quinta Rosel era un diseño muy moderno de un importante arquitecto. No tenía rejas. Tenía jardines exteriores e interiores. Mi madre estaba muy feliz. Se dedicó a sembrar muchas rosas en el jardín del frente de la quinta. A lo largo de la avenida Maracaibo se construyó un hermoso parque infantil. El teleobjetivo divisaba los edificios de la Plaza Venezuela y las escenas del parque infantil. Todo era una novedad. La misa del domingo era un momento de encuentro con los nuevos amigos. El lente de don Pancho se cautivó por las escenas de los pobres a la salida de la iglesia Chiquinquirá.

Continúa el jueves de la próxima semana. 

    

Luisa Helena Calcaño Gil
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Autor entrada: sumandoven.admin

1 thought on “La ciudad de la Memoria (1era parte)

    Oswaldo Delgado Marín

    (9 agosto, 2016 -10:54 pm)

    Eso esperamos Luisa Helena.Me gusta su relato.Felicitaciones.

Los comentarios están cerrados.