¡Enferma de olvido! Parte I

¿Recuerdas?  Una frase frecuente en mi psiquis en los últimos días. Una  tensión constante entre el olvido y la memoria dado por la diferencia entre una superficie inscrita y otra intacta, sin miembros cercenados. La amputación en este sentido ha sido un ejercicio violento de protesta  de mi psiquis contra lo irreversible que puebla el presente, una actividad de fuerza sobre el pasado que actúa siempre en la novela de mi vida por la presencia del exceso: un exceso de presente que se vuelca hacia el instante, momento sublime que incesantemente quiere ser representado, pero que se fuga en su imposibilidad 

Durante muchos años me ha gustado vivir en el pasado. ¿Qué está sucediendo? Tengo una profunda necesidad de mantenerme en equilibrio y no caer en esos estados de perturbación que muchas veces he buscado. Hay un cambio inusitado el cual deseo comprender. ¿Porque estoy olvidando ese dolor de su perdida tan rápidamente? ¡Será que lo  estoy dejando de lado! Solo han pasado siete meses desde que la muerte se incorporo a la vida cotidiana de mi hogar, y la muerte significa un profundo vacio. Ya el  olor de su piel no está presente en el lecho cotidiano, y no escucho su voz de despedida, y ni siquiera puedo recordar exactamente cómo sucedieron las cosas. ¡Esta terrible enfermedad del olvido! Quiero retenerlo y no puedo, y con ello aparece este vacío y un presente en busca de un destino, de un ritmo inalcanzable.

Entregarme a la revisión de la memoria puede tomar la forma de una nueva obsesión por la lejanía, por aquello que aparece como irrecuperable desde el desgajamiento del recuerdo en el presente. El encuentro de ese pasado irremediable es un motor que me obliga a ejercitar un trazo  sobre la superficie de la memoria, que permita perpetuar la inscripción de un recuerdo significativo en su representación. La nostalgia entendida como una actuación violenta  sobre el pasado, que vive de la obsesión por alcanzar el otro lugar en donde reside el principio conductor de una vida que necesita ser completada en el exceso del presente.


 Amanecer y anochecer identificando la imagen elaborada por la fantasía con un sentimiento adecuado a su significación. La fantasía trabaja, pues, tanto desde el punto de vista de la intuición óptica como desde el  sentimiento. De este modo, utilizo la fantasía a partir de la imagen para naturalizar su imagen, que llega en forma de encarnación simbólica como producto de un ejercicio psicológico que tiene su punto de partida en la representación de lo que ha sido mi vida.

 En este sentido, la recurrencia del instante que  busco llenar para liberar la memoria utiliza estas coordenadas desde la presentación estética de una imagen que causa fascinación, pero también inquietud en su indefinición. Un  paradigma pictórico en donde los límites de la figura se difuminan. Del mismo modo en que la figura surge de la penumbra difuminada, el placer se imbrica visualmente con el dolor extremo en la tortura de su perdida. Y es en esta carencia de límites en la figura del paradigma vida/muerte, que la inscripción cobra relevancia. La difuminación del paradigma y su contaminación recíproca causan la fascinación de la obsesión por la fotografías de lo que ha sido esa vida con el otro. La mujer reflejada en el espejo cuya personalidad sombría aparece desvanecida en el azogue de la confusión y el movimiento estático de un instante que podría quitar la terrible adherencia del olvido.

Dentro de las representaciones que se abisman en los fragmentos que componen la reconstrucción del instante, la necesidad de una cura al  mal de olvido. Pierdo entonces la noción de la identidad real. Creó ser nada más que la imagen figurada en el espejo y entonces bajó la vista tratando de olvidarlo todo.

 La relación especular presentada es la de una patología. La obsesión por ver y ver las fotografías, escuchar en forma repetitiva hasta el cansancio del sonido de las notas de la guitarra con el Romance Anónimo y todas melodías incluidas en las Cuerdas Mágicas, y otras veces volver a la voz de dolor de Maria Callas o el coro de Va, Pensiero imaginando el entierro deseado por Verdi. Siempre soñando con una vida que no es mi vida. .Un  suplicio que es necesario remover para llegar al fondo del instante aquél donde esté el sentido de mi vida, en virtud de la ruptura fragmentaria impuesta por su muerte. Todo ello, desde luego no hace sino aumentar la confusión, pero debo hacer un esfuerzo y recordar ese momento en el que cabe, por así decirlo, el significado de toda la vida.

 La confusión que deja la superposición de las posibilidades de lectura de las imágenes, tiene un único instante, y es la misma  que provoca el abismo infinito de los espejos enfrentados. En este sentido, la identidad de mi vida como  mujer también resulta proyectada, diseminada en el reflejo infinito donde se pierde hasta no saber si el instante resulta posible o no, vaciándose la posibilidad de un yo centrado en la seguridad de la memoria que estabiliza algo subyacente al cambio temporal y la corrupción en el olvido. De este modo, la pérdida de un yo centrado es el delirio: la salida del surco de la representación a través de la confusión provocada por la sucesión de imágenes invertidas hasta ser borradas

 Queda mucho más explícita la dimensión patológica que alcanza el olvido dentro de la fragmentación de la experiencia de la vida. Desde este punto de vista, la memoria es truncada por la impresión que causa la contemplación de las fotografías, el sonido de la música de guitarra, sus libros, o el telescopio frente a la cama buscando el infinito. A ese lugar donde decidió irse sin dar tiempo a la despedida. Hallazgo casual que logra realizar en la subjetividad, la imagen se concretiza en el horror y causa sentimientos particulares que llevan a la psiquis hacia la contemplación de su propio infierno, donde copula el padecimiento y el júbilo desde la erotización del cuerpo. Este movimiento conduce a la literación de la memoria, a la imposibilidad del acceso a la experiencia, única base del recordar. La imagen se roba el espacio de la memoria  y redunda en la confusión: el yo se pierde en el flujo de la experiencia que le es ajena, irreconocible; imposible de recuperar como recuerdo, sino que se muestra como mera representación sometida a fines externos de persuasión: el cuerpo  que no es experimentado, sino sólo contemplado en su reproducción. La posibilidad de reconstruir esa memoria desde la simulación de la experiencia es un intento por llenar en vacio.

 No recuerdo nada, me es imposible reconocer el pasado. Es necesario que no me atormente con esa posibilidad, con la probabilidad de esa mentira que hemos forjado juntos ante aquél espejo enorme, el cual reflejaba nuestras vidas entre sus manchas y grietas. Es necesario no atormentarme con esa posibilidad de la memoria. Sólo se ha grabado en mi mente una imagen, pero una imagen que no es un recuerdo.

La imposibilidad de la memoria es la imposibilidad de mi psiquis, dejado a la deriva de las imágenes que nunca podrán ser inscripciones de mi experiencia, sino meros simulacros producto de la impresión de lo horrible y lo sublime. En este sentido, la acción del reflejo deriva en la enfermedad, la debilidad  que tengo, estoy despedazada tratando de juntar los recuerdos para dar coherencia al “instante” significativo. Ante esta patología que resulta ser el olvido, surge la necesidad de establecer un medio de cura, una recuperación de las experiencias inscritas en la memoria, de la redención de la imagen y su definitiva concreción personal.

 Debo considerar esta experiencia como un tratamiento. ¿Acaso no lo es? Me encuentro  enferma de olvido, por decirlo en un lenguaje sencillo. ¿Quién me puede ayudar?


 Continuara....

 

 

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Autor entrada: sumandoven.admin