¡Enferma de olvido! 3era Parte

En efecto, sin huir de un pasado temporalizado, pero concibiéndolo como pasado de un presente en el que, y desde el que lo rememoro, cuando lo reconstruyo con la memoria consigo unir el principio con el final, descubrir en lo ocurrido los orígenes de lo que ocurre ahora, descubrir lo ya pasado a la luz de lo que ahora ha resultado relevante, pero entonces no podía saber que lo fuera a ser. Reconstruyendo el pasado de esta manera venzo el tiempo, sin negarlo; lo venzo porque puedo reproducir el devenir en forma de un relato en el que cada acontecimiento es descrito a la luz de otros acontecimientos que entonces le eran futuros y que ahora, al rememorar y relatar, ya son también pasados.

Aquí estoy con un exceso de presente. Enferma de olvido incapacitada para rememorar una buena parte de información almacenada en mi memoria. Tengo pruebas de su existencia: las fotografías, la música, el telescopio, los libros y el poema escrito el año pasado: Rescatar la rosa del olvido. No quiero aceptar de aquel  trillado verso de Pablo Neruda:"es tan corto el amor, y tan largo el olvido".

Mi vida como todo relato de pareja tiene un doble hilo conductor: el  amor y desamor, el recuerdo y el olvido, y ambos ejes se entrelazan para constituir la verdadera vivencia de mi realidad, y no esta fantasía donde que quiero recordar donde solo prive el amor. Según James Hillman, lo que realmente nos hace daño es la forma en que nos contamos lo que ha sucedido, más que lo que ha sucedido en sí. Por eso de de vital importancia llegar a la re-creación, paciente y amorosa de los recuerdos, de su sanación en el proceso terapéutico.

Debo superar el mito pitagórico que me invade en este renacimiento de mi vida realizando  ejercicios de memoria para recordar los sucesos diarios y así llegar a tener presente la vida transcurrida, tomando como vidas anteriores otras relaciones de pareja, como una forma, atenuada si se quiere, de inmortalidad.

No tendremos otro remedio que reconocer que no existe túnel del tiempo, no existe forma de estar realmente allí, frente a Rafael, siendo los que éramos entonces. Pero a pesar de la inexactitud, tengo la sensación de que las imágenes son verídicas y precisas. La memoria no es un video literal sino una especie de habilidad cinematográfica de resumir lo sucedido de una manera verosímil. Una vez superado el trauma de esta enfermedad del olvido podré construir imágenes que tengan cierto parecido con la realidad, aunque no son la realidad, sino bajo forma de representación.

Lo que ocurrió no puede volver a repetirse igual, ya que desde entonces al ahora hay el abismo del tiempo que ya no existe. Las imágenes del pasado son eso, re-presentaciones. Hay una diferencia entre presentación inmediata de las cosas que se da cuando estamos aquí y ahora en el mundo, de una re-presentación o seudo-presencia. Las imágenes del pretérito son más pobres en cuanto a densidad que las actuales, aunque afectivamente pudiera ser al revés. Aun pareciéndonos los recuerdos sumamente vivos, no van a dejar de ser construcciones a posteriori, y su sentido partirá siempre de la acción actual.

Necesito situarme en nuestra propia historia. Necesito del tiempo pasado y futuro para poder dar un sentido al presente y podernos desenvolver en el presente según programas previos o teniendo en cuenta expectativas de futuro. ¿Dónde están el pasado y el futuro? El único lugar donde esa clase de tiempo puede estar es en el presente. En el presente esta la acción, esta la vida y en el recuerdo el vacio de la muerte, y no hay acción posible...

La muerte de Rafael- mi pareja- me llevo a un presente: inusitado, una vida nueva para mí, y tendré que renunciar a compartirla con él. Puede que esa novedad sea difícil de digerir: algunas cosas me surgirá desearlas como si estuviera vivo èl,  porque he puesto en el mecanismo activo del olvido programas para la consecución de goces que tenía que ver con èl  ¿Cómo podré borrar todas esas órdenes que he dejado en olvido? Esta es la función del duelo, la de ser un borrador, un tachador que pone la cruz de imposible a los deseos para que se re-codifiquen como no volver a surgir o no realizarse ya. Desanimar un deseo, que es todo lo contrario de animarlo, requiere operaciones igualmente activas, una laboriosidad sistemática de desactivación y parálisis de los deseos.

Cada vez que se inmoviliza un deseo que todavía tenemos se da el dolor de esa descarga sobre el cuerpo que justo en ese momento se encendía. El grado de dolor dependerá del número de deseos que liquidemos y cuan importantes sean para mí.

La causa del olvido no es la falta de capacidad mental para recordar, sino la activación de la parte defensiva que hay en nosotros, que nos impide reexperimentar aquello que en algún nivel hemos decidido que es negativo. La realidad es cruel: si he olvidado algo es que algo en mí ha querido olvidarlo.


Luisa Helena Calcaño Gil
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Autor entrada: sumandoven.admin