Cuento: La obsesión (1era parte)

Lúz María nunca supo como llegó Sol Ortiz a sus vidas. Se percato de su presencia en su hogar a raíz de la sorpresiva desaparición de Luís. Su mente  vivía en la obsesión de encontrar una explicación y descubrir los sentimientos de él. No eran una pareja perfecta, pero ella estaba muy orgullosa de haber arribado a veinte años de casada, un camino largo, difícil. Lo percibía como una gran historia de amor, y eso era suficiente para ser feliz. En la primera oportunidad solo logró mantener la pareja por unos  siete años. Y el primer novio, unos cuatro años. Luís siempre resentía su excesivo aumento de peso, y a veces mencionaba que había sido estafado.

Todo sucedió un día en forma repentina una fecha  donde ella esperaba ser muy feliz. Recordaba continuamente la frase lapidaria pronunciada al amanecer: -Hoy es el día.  Tampoco podía entender  esa forma marcial de despedirse: -Ya estoy listo.

Al analizar los hechos con cierta frialdad había concluido: ¡Ese día se iba a ir con Sol Ortiz!  La conclusión parecía muy lógica, el conflicto existencial de abandonarla fue demasiado duro para él. Luís cobardemente se había muerto.

Esa mañana se levantó en forma muy apresurada, no le dio tiempo para el amor. Internamente ella le reclamaba: -Si era el último día, y él lo sabía, ha debido tener tiempo para un beso, un abrazo y algo mas. Esto fue una falta imperdonable.

Otras veces pensaba por ser navidad tendría planificado  comprarle un jugoso regalo a Sol, y se los imaginaba paseando por un centro comercial. Ella todo lo merecía. Su existencia en la vida de Luís explicaba las grandes dificultades cotidianas de sus vidas.

Aquel fatídico día lo recordaba muy feliz y optimista.  Los días siguientes a su muerte  esas frases se convirtieron en las claves de un crucigrama. Ella estaba muy alegre, su hijo obtenía un segundo título universitario y esperaba con emoción para aplaudir al escuchar su nombre. En ese  instante sonó el tono del teléfono celular, algo extraño sucedía, era la hermana de Luís, que en un tono muy alterado me dijo: ¿Dónde estas?  ¡Luís esta tirado muerto en el suelo! Un grito desgarrador se oyó en el paraninfo universitario.

Todo fue sucediendo de acuerdo a las rutinas acostumbradas en la ciudad de Caracas. Un reencuentro en la morgue de la clínica, una rabia terrible, y una sensación de rebeldía: ¿Por qué Luís la había abandonado? ¿Cómo iba a vivir sin tu presencia cotidiana? ¿Quién le daría las buenas noches y los buenos días? ¿Con quién tomaría el café de la mañana? Solo alcanzo a decirle en tono de reclamo: ¿Por qué has sido tan cobarde?

Pasaron las horas, los días. La confusión de las ideas y sentimientos atraparon su mente en una terrible obsesión. Solo deseaba recrearse en los hechos, y descubrir los sentimientos de Luís. Todos estaban asustados por el desborde de su mente y ese domingo  sucedió algo inesperado. Las hermanas de Luís con gran afecto decidieron darle la cartera Mont Blanc que le había regalado su hermano el día que cumplió sesenta años. Todos recordaron aquel hermoso  día de la historia de amor. Lo celebraron como siempre con un chupe y una torta de queso, y sus hermanos trajeron champaña y abrazados todos juntos brindaron por su felicidad. Ese día por primera vez se puso la franela amarilla, y se tomo el mismo una fotografía con El Ávila de fondo. Una imagen  perfecta. Ella  amplió y colocó en una mesa para observarla todos los días. En esa imagen descubrió su tristeza y  se decía continuamente: ¿Por qué estabas triste? ¡Yo estaba muy feliz!  Ella tenía un terrible sentimiento de culpa.

La ceremonia de la entrega de la Mont Blanc  reunió a  las mujeres de la familia en la quinta familiar de la Urbanización Altamira. Ahora era la viuda de Luis y mi hija su huérfana. Dos palabras terribles. Murió en un centro comercial. Una de sus hermanas iba sacando uno a uno los tesoros de su cartera. No se robaron el dinero, ni se perdió en la confusión su cedula de identidad, ni el carnet de circulación. No tenías tarjetas de crédito, solo tarjetas de debito.  Llegamos a las fotografías: varias imágenes de su hija de diferentes edades. Una fotografía de ella entregada hace veintiocho años. Ella con orgullo comentó: ¡Nunca la sacó de su cartera! Para sorpresa de todas surgió algo inesperado: una fotografía de una muchacha con imagen angelical. Todas entraron en confusión y sus hermanas exigían una explicación. Unas de ellas sentencio en forma certera: ¡Lo mato el conflicto!

Sus sentimientos se hicieron cada vez más contradictorios, y su mente se dejo llevar por la confusión. Los hechos se fueron hilvanando para explicar la realidad y todo encajaba como un rompecabezas.  Y ella asombrada por su tragedia se preguntaba: ¿Cómo fue que nunca me di cuenta de este abandono? ¿Cuáles eran sus sentimientos?

El clan femenino de la familia fue a la oficina a recoger los objetos personales de su escritorio. Aparecieron mas detalles y todo fue traslado para  la casa para examinarlo con regocijo masoquista. Y  más fotografías de la misma muchacha angelical. Pudo establecer que tenía una hermosa figura en traje de baño.

Ante las evidencias el llanto de Luz María resonó en toda la oficina, e interrogó a su jefe: ¿Quién es? ¿Cómo se llama?  El jefe sentía culpa por las dificultades económicas que los habían llevado al desenlace fatal.


Luisa Helena Calcaño Gil
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