Diálogos con Antonio Machado

I

Maestro, aquí estoy, atrapada  en la fugacidad del tiempo, lo efímero de la vida humana. Escucho un tic tac, siempre atenta al sueño de soñar.

Y aquí estoy sin ser Lezama Lima, celebrando la vida sobre esta tierra donde quiero vivir hasta el final del viaje. Aferrada a la luz y la sombra.


Poeta, no percibo tus hojas amarillas otoñales. Mi tiempo no es tu tiempo, mi tierra no es tu tierra, mi guerra no es tu guerra. Una  sobra negra  arropa mis calles, y  no tengo una mula vieja para el camino. Quiero  darle un adiós para siempre a la monotonía.

Y cerrar la puerta  al silencio de la tarde muerta.

II


Maestro, en estas tierras no alcanzo a percibir el olor del albaricoque. En ellas no flota el silencio de la tarde, para respirar el  aroma de la ausencia. Mis iglesias ya no tienen campanas, para avisar que Dios existe.

Ya no me aguarda ningún amado, ni  atiendo la risa inocente de los niños. Solo percibo el aroma del recuerdo a la espera de un solitario crepúsculo. Y en mi verano no se escuchan coplas soñolientas de Sevilla.

                                                         Y lentamente se extinguen los ecos del ocaso.

III

Maestro, por muchas horas y muchos días, he perseguido la rosa blanca del camino sobre los lienzos del recuerdo. No escucho, ni jazmines ni dedales de plata. En mi camino no hay una rosa blanca, ni una plaza con agua de la fuente sobre el mármol de la monotonía.  Pertenezco  a los nadie, para con  una compasiva ironía  percibir la desnudez.

Y vivo atada al laberinto de los sueños.

Mis recuerdos no están en los patios de Sevilla, ni en los campos de Castilla. Surcan una vieja casa colonial entre palomas y gallinas. Escucho los ecos infantiles en medio de un solóquio  con Dios. 

Y solo ansío  un ligero equipaje para el viaje.

IV

Maestro, hay silencio, solo silencio, al abrir las ventanas de mi casa de viento. Mi corazón es una muralla vieja. Y por mi puerta pasó una nube, una tarde de soledad y hastío, para dormir  al poeta.  Una sombra que persigue en  el laberinto, la quimera, que parece un espejismo, asida a  una danza de sueños lascivos. Un lánguido  rostro velado por el deseo, que alcanza a escuchar la copla dulce del gitano.


Maestro, te leo y te leo  con quietud y retranca, enterrada en el barbecho de mis pensamientos, aspirando como tú a dudar de Dios cada día.

Soy  un poeta que no anhela  pulpitos y pedestales.

 

Luisa Helena Calcaño Gil
Taller de poesía de Armando Rojas Guardia
6 de marzo 2017
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Autor entrada: sumandoven.admin