Crónica: La Terraza de mi hogar

Una mañana de un domingo de carnaval de 1974 irrumpí a lo que ha sido mi hogar para toda la vida. Un espacio grande y hermoso, que sobrepasaba cualquier sueño. Ese día transite por primera vez en su terraza. Un enorme espacio descubierto lleno de pérgolas, pleno de sol y energía, y unas paredes rabiosamente blancas. Irradiaba el olor a cemento fresco.

La luz penetraba a toda la vivienda. En mi interior cavilé: — ¡Cuántas matas por sembrar! En medio del asombro miré hacia fuera, y ahí estaba: El Ávila tan cerca, que es como haber apresado a Dios. Ese domingo encontré impostergable propósito: construir un espacio a mi imagen y semejanza.

Fueron meses de una agitada consulta sobre el problema más importante del nuevo hogar ¿Cómo mantener un espacio seguro abierto a la luz, al sol, al aire, al agua y las estrellas? ¿Cómo solventar el problema del peligro de la altura para los niños? ¿Cómo solucionar mi terror al vacío? Una decisión irrevocable, nunca instalar rejas, toldos, ventanales y cortinas. En los primeros años sentía que el piso se movía. El vacío me horroriza, una sensación muy parecida al pánico. Seguí el consejo de un arquitecto amigo: coloca clavos de cristo entre las matas de la jardinera, así los niños se pinchan al acercarse. Las espinas alejarán a los niños del vacío, parecía cruel, pero era la única solución.

Una solución fantástica para distanciar a los curiosos de las jardineras: unos potes de asbesto para sembrar plantas grandes. Soñaba con cultivar matas de cambur, naranjas, limones. Compré una granada, y la coloqué en la ventana del a cocina. Adquirí muchos potes: cuadrados, redondos, hexagonales y uno grande, plano y bajo para sembrar unas rosas. Cerré una parte de las pérgolas de la terraza para colocar uno muebles de jardín. Para tomento de mi vecino el músico, los compre con movimiento, para mecernos los niños y yo, cuando estábamos reunidos y felices. Eso sucedía especialmente, todas las tardes al llegar del trabajo. A esa hora solía grabar mi vecino incluyendo el clip, clip de las poltronas. En los últimos años las sillas siguen el ritmo de mis nietos.

En esos días conocí Agustín el dueño del vivero. Todas las tardes iba a visitarlo, a comprar tierra, abono, matas, semillas de lechuga, matas de fresas. Necesitaba escuchar sus sabios concejos para este nuevo oficio. Días y meses de gran frenesí. Una tarde Agustín dijo: -— Tienes que comprar el Palo de la Felicidad, algunos le dicen Palo de Brasil. Cuando pasa el tiempo y la mata se pone fea, cortas el tronco en pedacitos, los remojas para sacarle la raíz y tienes otras matas. Ella necesita mucho sol, poca agua y matar la plaga cuando le sale. Así, llego a mi vida el Palo de la Felicidad, siempre presente por todos los rincones de mi hogar. En aquellos días también sembré una enredadera llamada Isabela, de flores azules que tenía muchas espinas. Ella murió hace unos años. Agustín dijo — Puedes comprar una palma, un ficus grande, un helecho resistente al sol y la carencia de agua en la sequía. Llena de flores la jardinera, cuelga de las pérgolas matas colgantes.

El verde de las plantas se apoderó de la terraza. El blanco de las paredes fue desapareciendo. Los potes de asbestos eran tantos que fueron invadiendo todos los espacios de mi hogar. Algunos domingos arranco el monte, mato la plaga y compro nuevas matas en el vivero de Agustín.

Una tarde hace muchos años caminaba por la Avenida Principal de Las Palmas con mi gran amiga Amneri Levanti, nos paramos a ver un gran árbol, un captus. Ella dijo — Si tomas una ramita y le sacas raíz, la puedes tener en tu terraza. Y por muchos años tuve un enorme captus de unos tres metros frente a la mesa donde desayuno. Hace unos meses hubo que cortarlo para pintar de nuevo las pérgolas. En su tronco amarre muchas bromélias.

Los clavos de cristo se fueron eliminando de las jardineras, el cambur resulto macho, el clima no era adecuado para los pinos y no tuve la paciencia necesaria para seguir cultivando lechugas, hierbas y fresas. En la terraza están varios palos de la felicidad, el ficus, los helechos resistentes, la yuca y una hermosa sábila, contra la pava y las miradas de envidia.

Todos los consejos de Agustín fueron sabios. Cuando se llega a mi casa impresiona la luz y lo verde de sus plantas desordenadas como su dueña. El año pasado salió en un pote de asbesto una mandarina, la cual ha crecido metro y medio, su olor es muy agradable y recuerda su fruto y los días se suceden aguardando el anhelado fruto. Hace unos meses llené un pote de asbesto de matas de riqui riqui. Los días transcurren esperando ver sus exóticas flores.

Durante dos años decidí ir con la vecina al gimnasio. A la entrada del mismo había un hermoso arbusto con un fruto rojo. Similar a un arbusto japonés. Hablando con el propietario de la quinta descubrí que se llamaba bolas de gato.
La planta se siembra a partir del fruto. Ya no voy al gimnasio, pero tengo dos arbustos en mis potes de asbesto. Las pequeñas bolitas rojas son venenosas.

Hace unos años al abrir el periódico recibí la entrega de unas semillas de jabillo. Esa mañana surgió otra pasión: cultivar este árbol en un pote para la ventana de la cocina. Un día hice un largo viaje, y al regreso la granada estaba seca ante la falta de agua y una terrible plaga. Nunca revivió. El jabillo esta colocado en esa ventana y mide metro y medio, y su tallo todavía es poco grueso y casi no tiene espinas. Lo riego todas las mañanas antes de montar el café.

En el centro de la terraza están las rosas rodeadas de bromélias. En la mañana unos pequeños pajaritos marrones van saltando de una mata a otra. Sus preferidas son las rosas. Y en un pote cuadrado del salón tengo un Palo de la Felicidad donde vive el morrocoy al cual debo ponerle todos días lechuga y agua. Una mascota que me sobreviras por muchos años. Nunca he podido descubrir si reconoce mi voz al ponerle la lechuga. Todos los años viajo de vacaciones en diciembre durante por lo menos unos cuarenta días; las matas de mi terraza han sido regadas tradicionalmente por Rosa, la conserje del edificio. Mi morrocoy había crecido mucho, ameritaba un espacio con tierra y mucha lechuga todas las mañanas. Un día por la página de facebook busque un hogar para él. Un día antes de irme para Santiago de Chile le entregue a Luna Benítez que querido morrocoy, lo esperaban con alegría para acompañar a otro solitario morrocoy. Su nuevo hogar era en una quinta con un bellísimo jardín; y en sus nuevos dueños aman intensamente a los animales y a la naturaleza. Siempre que me encuentro a Luna en los bautizos de obras literarias pregunto con nostalgia por él.

El verdor de las plantas invade todas las visuales de la casa. Ellas son las compañeras cotidianas de la soledad de su dueña. La luz de la terraza impregna todos los espacios. No hay ruidos, no hay hacinamiento El tiempo pasa en medio de rutinas muy sencillas, y donde solo tengo un compromiso diario muy personal: escribir.

Un espacio sin lujos. El sol y el agua de la lluvia se reciben con beneplácito, invadiendo en un agradable descuido una buena parte de ella. En las noches de insomnios transito por la penumbra de la terraza. Y algunas noches me acompaña la voz de Maria Callas escuchada por insomne vecino del piso de abajo. Así pasan las horas de las noches oscuras, donde el silencio de la vida, permite encontrarte y acercarte a Dios.

Un rincón del la ciudad donde diviso una luz con sabor a agua. El resplandor permite ver el sueño en la oscuridad. Y logro percibir que llueve con furia en el resto de la selva. Un espacio del mundo donde he podido construir los contra fuegos al sufrimiento. Y no se admite la entrada a las tinieblas.

Cada atardecer advierte el final de una jornada, y quizás algún día, esa luz especial de la tarde presagie el desenlace de esta vida cotidiana.


Luisa Helena Calcaño Gil
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