Percibir el hecho de la muerte 1era parte

Todas las despedidas son difíciles. Siempre guardamos la esperanza del reencuentro un tiempo después. Uno o dos meses antes de la muerte comprendí, que esa despedida estaba cerca. En esos meses de reflexión y soledad ante el problema, tome la dura decisión de no extender su vida  más allá de las posibilidades fisiológicas y del deseo de viviera, bajo el encarnizamiento terapéutico. Todo sobrevino más pronto de lo que había imaginado. En veintitrés días se encadenaron los momentos de mayor stress de mi existencia.

La situación demandaba adoptar  decisiones de orden terapéutico, resolver el gravísimo problema financiero demandado por su enfermedad, asimilar esa deplorable la realidad e intentar transmitirlo a la familia. Una inesperada encrucijada: la vida de otro dependía de mis decisiones. Debía mostrar una capacidad para resolver los problemas. Una serenidad y seguridad, que no tenía. La familia no asimilaba la situación, era el final y estaba sola. Debía asumir decisiones trascendentales frente a la vida ese ser tan querido, el cual había cuidado durante más de veinte años.


Una noche solvente el problema financiero. Hable con los médicos, y  nos trasladamos a una clínica para jugarnos la última carta de la esperanza, evitar la septicemia y minimizar el dolor. En la ambulancia sus ojos reflejaban ansiedad y angustia. Al ingresar hable con el medico: -quiero que la salve, pero bajo ninguna circunstancia deseo que ingrese a la terapia intensiva, no deseo el entubamiento. La quiero conciente.


Por eso después de seis días en la clínica regresamos de nuevo en la ambulancia con la decisión tomada: a su hogar con los recursos que el amor nos dio, sin una  agonía injustificadamente prolongada, un sufrimiento extremo, manteniendo hasta el final su dignidad personal. Un camino muy difícil frente al ser amado. Ahí estuvimos frente a su cama otros seis días más, las enfermeras, mi sobrina y yo, y las visitas eventuales de otros miembros de la familia. Un proceso sumamente duro que deseo lograr transcribir en este ensayo.


La muerte y el morir no coinciden sencillamente. La muerte significa un fin, el fin de la persona humana en su proceso histórico, de su cuerpo concreto. El morir por el contrario, es el camino que el hombre tiene que recorrer en su última fase de la vida hasta la muerte.

 

Logré que  mantuviera su conciencia hasta el final de su vida, sin verla perder su autonomía. La muerte se posesiono del espacio. Ella y nosotros sabíamos que iba morir. Un proceso muy difícil para todos. Poco a poco fui comprendiendo ese transito a un plano distinto, donde quizás nuestro único papel fue minimizar su dolor y darle una profunda compañía. Estar con ella, transmitirles nuestro amor y orgullo frente a su vida.

 

En esos momentos frente a la realidad del binomio existencial de la vida y la muerte. Entonces, vale preguntarse¿sirve un no-morir que sea “estar vivos” de cualquier modo?


Hasta hace unos años al hablar de la muerte lo hacia de manera abstracta. “Algo” que inevitablemente nos va a ocurrir en un futuro lejano.  Un pensamiento ajeno totalmente al presente de mi vida. Pero, después de la muerte sorpresiva de mi pareja y la lenta agonía de mi madre, diez meses después todo ha cambiado. Internamente he sufrido un proceso mutante: he materializado la muerte como un hecho concreto. Ello me ha llevado a una profunda necesidad de la soledad como compañía en este proceso de mutación de la existencia. Ayer quise estar frente a sus tumbas con mis flores y mis lágrimas. Una cruel realidad, ellos están muertos. Estoy viva con mi exceso de presente con un vació que debo llenar por el  tiempo que falte. Una realidad de la vida muy distinta a lo que sentía ante sus partidas.


Pero, ¿qué pasa con la muerte? ¿No es un proceso que también vamos a vivir?  El día  de navidad hablando con un amigo le decía: -¿Será que nunca voy a volver a ser la misma? No entendió mi dilema: el motor de mi vida siempre fue el amor por la existencia. Esa energía se ha ido de mi vida. Ciento que mi agonía se inicio en pocos meses, como en la Edad Media un aviso del inicio del ceremonial. En este proceso creo entender, que tengo una profunda rebelión frente a los principios tradicionales de mi vida. Una crisis de fe.


Cuando medito en torno a la muerte  empiezo a comprender el concepto de agonía. Y principalmente entender este doloroso proceso y sus manifestaciones tanto físicas como psicológicas.


La fase agónica: es aquella en la que el proceso de morir se ha establecido claramente y la muerte se espera en un tiempo muy corto. Representa el momento más crítico de los cuidados por las cargas emocionales que conlleva.

La agonía se caracteriza habitualmente por un largo deterioro general, marcado por episodios de complicaciones y efectos secundarios. En caso su caso  fue la dificultad para respirar y la fiebre constante. En general, durante el mes anterior  a su muerte disminuyo de forma sustancial la energía, la actividad y el bienestar. En ese mes observe un visible debilitamiento  y  era  evidente que la muerte se aproximaba. La agonía fue  una lenta disminución de las capacidades y durante un largo período de tiempo, a veces con episodios de síntomas graves.

 

Continua....

 

 


Luisa Helena Calcaño Gil
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