Percibir el hecho de la muerte 3era parte

Eran las nueve de la mañana, y en sus ojos se reflejaba la angustia y el miedo ante esa realidad, que ella sabía: se estaba muriendo. Ella quería seguir viviendo, pero su cuerpo no se lo permitía. La angustia fue aumentando, y dentro de la situación surgió la voz serena de su nieta: abuela te puedes ir, no tengas miedo, allá te están esperando el abuelo, Beatriz y Gustavo. Vas a estar muy bien, todo lo has hecho muy bien, has sido una magnifica esposa, madre y abuela, puedes irte. ¡Eres una abuela maravillosa! Nosotros vamos a estar bien, no temas por Luisa Helena, ella te promete que va ha estar bien. No vamos a pelear. Nos mantendremos unidos en familia ¡Abuela, has realizado una gran obra, tu familia! Te prometemos que cuidaremos a Rodrigo…no tengas miedo, puedes irte…Palabras similares se fueron sucediendo por un lapso de una media hora.


Las palabras atinadas y el  amor trasmitido por su nieta, le dieron una paz. En  sus ojos desapareció la angustia. Estaba agarrada a su mano, llorando y queriéndola retener. Nunca le pude decir: te puedes ir. La dulce voz le iba diciendo las palabras, que sosegaban su ansiedad. Su rostro fue tomando una paz infinita. Ella fue transitando hacia la muerte llena de paz.  Ella se fue  transportada a ese mundo a ese  lugar donde están mi papa, Beatriz y Gustavo. Agarrada a su mano pude vivir el paso espiritual hacia la muerte. Sentir  cuando su espíritu, su alma abandonaba su cuerpo. El momento en que dejo de vivir. Poco a poco se fue sucediendo el despego a la vida, y con ello pudo trascender a ese otro plano. Pude percibí ese instante existencial


Todos los que estábamos presente en su cuarto vivimos una experiencia espiritual muy especial, lamento aquellos seres tan queridos por ella, que no pudieron tener el valor para están junto a su cama.


Todo sucedió muy rápido. De pronto se había dexintocado la muerte del concepto de la desesperanza. Ella estaba transitando a una nueva vida…


Resulta difícil hablar de la muerte y más aún de la propia. Sería más fácil teniendo como premisa que como en todo proceso: hay una etapa de elaboración y mecanismos para que ese tránsito sea lo menos duro posible.


Tenemos derecho a una muerte digna. Elegir, a que nos informen, a exigir cualitativamente y no sólo cuantitativamente. Y respecto a esto los médicos no deben olvidar que en procesos de enfermedad terminal, a veces los más vulnerables no son los pacientes, sino los mismos médicos  que no saben cómo manejarlos.

 

Los médicos quienes deben comprender que el éxito en el tratamiento del paciente no siempre es mantenerlo con vida a toda costa. Ofrecerle al paciente la posibilidad de morir dignamente es la mejor asistencia, que se les puede brindar.


Y a modo de conclusión podríamos tratar de respondernos el interrogante planteado por Fiedrich Nietzsche: … Pero no fue el sufrimiento mismo su problema sino la ausencia de respuesta al grito de la pregunta ¿para qué sufrir?…


Toda muerte es una separación. Un alejamiento definitivo por la cual ya no estará físicamente esa persona tan importante para alguien, para nosotros mismos. Es por eso que duele. Ese dolor y pena que sentimos es más por uno mismo que por el fallecido. Nos duele lo que ya no podremos decirle, lo que ya no podremos hacer con esa persona, lo que ya no podremos contemplar juntos… Pero la vida sigue. Sigue para los que se quedan. Hay que pasar a través del dolor para poder seguir adelante.


La muerte de mi compañero de vida hace un año y de mi madre hace tres meses me han transformado. Ha surgido una profunda necesidad de meditación en torno a lo que pienso y creo. Especialmente en torno a reconocer y aceptar mi propia muerte, y quizás un reconocimiento de la debilidad de mi cuerpo. Quisiera retomar la energía para llevar un cambio radical para el tiempo que queda. Lo siento breve,  es como si hubiera iniciado la despedida de mi cuerpo. Quisiera de este tiempo de meditación adquirir responsabilidad y conciencia frente a la vida.


El sufrimiento y el duelo no tienen magnitudes específicas ni restricciones de tiempo. Cada individuo expresa su sufrimiento y su sentimiento de pérdida a su manera y en su propio tiempo. Pareciera que muriera lentamente,  quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño, debo entender la vida, no el simple hecho de respirar.


Ante la abrupta muerte de mi compañero sentí un profundo enojo, y una impresionante confusión psíquica. Un hecho profundamente traumático e injusto. Ante la lenta agonía y despedida de mi madre y su cuerpo enfermo, pude comprender el transito entre la vida y la muerte. Ya no solo es tener un profundo” exceso de presente”. Hay algo más. Y esas necesarias horas de meditación me pregunto: ¡Podré superar la experiencia vivida!

 

En esos días estaba en duelo, un proceso lento, que ameritaba la soledad. Un proceso de recapitulación de la vida en la verdad, sin engaños y donde en muchos momentos en medio del llanto se sucede una profunda necesidad de perdonar al otro, no por haberse ido, sino por aquellas heridas oscuras de la vida familiar común. Agradecer el amor dado, perdonar lo actos desamor. Un encuentro con el otro, ese ser que ya no esta. El encuentro frente al espejo.


La temporalidad es la conciencia de nuestro tránsito hacia la muerte, el tránsito hacia su acabamiento o ruina de las cosas que más amamos. Por eso nos urge, por eso nos angustia, por eso nos empuja a la melancolía, o al desafío. Ser temporales (sabernos temporales) es siempre vivir “poco”, pero también proporciona un sabor fuerte, intenso, a la brevedad vital que paladeamos.


Una de las características del ser humano mortal es darse cuenta de su temporalidad, de que no estará vivo siempre. La muerte nos acompaña desde el principio del camino. Esto ha sido siempre un drama terrible para el ser humano, que a lo largo de su vida tendrá que enfrentarse a las pérdidas y los duelos que siguen a la muerte.

Cuando morimos las energías que soportan la vida se absorben en el interior del cuerpo. Así, primero, lo que sostiene la solidez y pesadez se absorbe dentro; a continuación, lo que sostiene la humedad y frescura se absorbe; luego, lo que mantiene la temperatura y el calor se debilita y se absorbe; finalmente, lo que facilita la movilidad se absorbe y el cuerpo queda inerte. A partir de entonces los aspectos burdos de la mente se desvanecen, los conceptos y emociones se apagan; luego, los aspectos sutiles de la mente se activan y se disipan, y por último, la mente más sutil inefable y vacía emerge.


Un binomio siempre presente, día y noche, dormir y despertar, vivir y morir.

  • Texto presentado en el Taller de Ensayo coordinado por Armando Rojas Guardia, Fundación para la Cultura Urbana, Caracas, noviembre de 2006.

Puedes leer la :

1era parte

2da parte


Luisa Helena Calcaño Gil
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