Crónica de un amor: Carta a Rafo

Querido Rafo

Todo ha sido muy difícil desde que te fuiste en forma sorpresiva y sin despedirte. Solo recuerdo esa frase lapidaria al amanecer: -¡Hoy es el día!, y tampoco puedo entender esa manera marcial de despedirte: -Ya estoy listo. Te levantaste tan apresurado, que no dio tiempo para el amor, si era el último día y tú lo sabías, te has debido dar tiempo para un abrazo y un beso. Eso definidamente es una falta imperdonable. Por todo eso he decidido escribirte unas líneas donde te explico algunas cosas.

 Me gusto mucho darme cuenta que nunca sacaste la fotografía que te entregué hacé veintiocho años, yo me emocioné y así se lo dije a tus hermanas. Ese hecho de la fotografía ha agravado mucho esta sensación de abandono en que he quedado desde que te fuiste, y continuamente me pregunto: ¿Cuáles son tus sentimientos?

Debo confesarte que he tenido una crisis terrible donde mi único consuelo ha sido esa bellísima y equilibrada hija que me dejaste. Gracias a ella recobre la cordura perdida. Por culpa de la fotografía y otros detalles caí como siempre en una obsesión donde todo cuadraba como un crucigrama perfecto. Todo lo he superado,  ha sido de gran utilidad el disco de Lagrimas Negras de Bebo Valdez y Diego Cigala que dejaste en tu escritorio. Nunca me imagine la importancia de la música frente a un abandono. La voz de  Diego Cigala al principio me hacia llorar, especialmente cuando dice: -Que importa que te ame, si tú no me quieres más. Fui la ilusión de tu vida….hoy represento el pasado y no me puedo conformar. Si las cosas que uno quiere se pudieran alcanzar… si me quisieras lo mismo que veinte años atrás ¡Con que tristeza vemos un amor que se nos va, es un pedazo del alma que se arranca sin piedad!

Tanto he escuchado el disco mientras cocino, que  me aprendí las melodías de memoria. A tú hija le cuesta trabajo entender el proceso de mi despecho ante tu ausencia. Creo que nunca supe expresarte cuanto te amaba, y como tu presencia  iluminaba mi vida. Quisiera que regresaras para decirte cuanto te he amado, y cuanto me hace falta escuchar tu voz dando en ceremonia cotidiana de los buenos días y las buenas noches, la tacita de café al amanecer, la protesta por haber dejado mojado el baño, o haber dejado cocinar de más el roast beek. Mariana y yo hemos tenido serias dificultades los sábados para hacer los huevos fritos.

He cambiado tanto que voy todas las semanas para un gimnasio, canto las melodías y he aprendido algunos pasos, y me imagino juntos bailando este despecho.

También tengo otras cosas que contarte. Te acuerdas que todos los jueves iba a un taller de poesía y te burlabas siempre, pues tú no creías sino en poetas muertos. Debo confesarte algo, tengo un libro de poemas terminado. El poema más importante y hermoso del poemario se llama ¡Salvar la rosa del olvido!, y es el nombre de un poema que escribí un sábado mientras tocabas tu pieza preferida de guitarra: El Romance Anónimo. Esa tarde te escuche  luchando con las cuerdas, vino a mi memoria todas las tardes similares antes de casarnos. Ese sábado fui muy feliz, y escribí mi mejor poema: ¡Salvar la rosa del olvido! Hace unos meses tuve una gran sorpresa, me gane un premio de poesía de la Casa de las Letras gracias a ese poema. Tuve que leerlo en el Parque de Los Caobos. Juan Pablo y Mariana y mis amigos me acompañaron. Ese día se me olvido el abandono, supe que te seguía amando, y a todos les confesé esa hermosa  historia de amor, oculta detrás de esas imágenes susurradas por Dionisio. Les di detalles del pasado, te describí con tu guitarra tocando siempre la misma melodía. También les relate los detalles de aquella tarde cuando luchabas en la conquista de las cuerdas insurrectas, y la sombra se despojo a la vida  en el Romance Anónimo del conjuro, y yo buscaba  la mágica metáfora, para encontrar el poema.

Por eso te escribo y deseo tanto encontrarnos de nuevo  en  New York, esa ciudad de la soledad de Uslar Pietri en su exilio, y testigo por una semana de nuestro amor.

Te quiero, y te perdono tu abandono inesperado.

 

Luisa Helena Calcaño Gil
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