Poema: El tiempo en el laberinto

Un llamado a tiempo cuando el sueño se transforma en pesadilla. Campanas del templo maternal asediando el viaje. Un   péndulo de soledad en una fuga irrevocable de la vida, en un  curioso artificio para las pompas de la aniquilación y el caos. Un antídoto secreto para la despedida.

 

Un llamado maravilloso al cotidiano encuentro con la vida. Rutina con olor a café y sabor a buenos días. Un sistemático tic  tac preciso, eficiente y exacto. La simetría de la  costumbre, el hábito y la obligación en el ascetismo estoico de la rutina y el trabajo.

 

Adherido a la piel para calibrar la amarga corriente del hastío y la ilusión perdida en el vacío. ¿Cuántos minutos necesito para olvidar el resplandor que ciega, y así matizar la agónica insistencia de los riesgos sobre los riesgos? Un trasplante cotidiano para evaluar el desasosiego y los límites espirituales imposibles ¿Cómo aquilatar la obsesión por el  vaticinio? ¿Cómo medir la tozudez y temeridad en las hazañas? Un reloj de arena para mediar la alegría caprichosa del ocaso, una incierta sonrisa del alma triste para percibir la continuidad de la vida.

 

Un reloj para hacer un compromiso con la luz de Reverón y La Lengua Sucia de Uslar Pietri. Una máquina que invite al sueño de la muerte de Quevedo, que  permita  buscar la  luz y la sombra, lo maravilloso y lo esotérico, las empresas riesgosas e inciertas y los peligros de las noches sin luna. Una clepsidra adherida a la piel para encontrar el ángel de Patricia Guzmán y olvidar la precaria agonía de una  familia.

 

Un lúdico proyecto para ver la vida y el sueño, medir  un ritual aniversario y percibir la  puerta abierta por donde debo pasar para encontrar un ruiseñor con un tiempo dislocado y desmoronar los goces de la memoria. Un reloj que permita la desmesura,  teja y desteja la vida y permita ver una encrucijada que parece abierta. Ahí, donde está la rosa de la rosa, y pueda llegar a ver la luna sangrienta de Quevedo.

 

Una máquina que mida el tiempo sin medida, permita decir hoy es mañana y es ayer. Un reloj que verifique el tiempo en el laberinto donde vivo la vida que no es mi vida. Aquel reloj de la tarde de septiembre del 2005, donde Armando Rojas Guardia quiso que fuera poeta, y así vivir para encontrar el poema. Una máquina que mida el sueño y permita el tiempo donde nada puede ocurrir, y se suceda la aurora y el poniente, y en forma continua pueda volver a soñar lo soñado y los rostros no pasen como el agua. Una máquina para estar siempre presente todos los nacidos del mismo vientre cuando la noche abre o cierra  el día.

 

Un tic tac que mida mi locura.

 


Luisa Helena Calcaño Gil
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Autor entrada: sumandoven.admin